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(Sobre la inviabilidad de una maqueta de gritarle a su árbol plástico 'tienes armonía' o 'somos un modelo'.)

24 de diciembre de 2014

La Tota.

- Es que el baño queda tan lejos - su lamento fue apenas un susurro. Esbocé una sonrisa. Sabía de sobra que en aquella hora (*1) ella precisaba de mi condescendencia, -aunque ambas supiéramos que no era otra cosa que complicidad-. Así que por más que el baño quedara sólo a unos pasos de su cuarto, asentí con la cabeza mientras le ponía un pañal nuevo y seco (hábito reciente, consecuencia de su cadera quebrada).
- ¿Cómo te diste cuenta, hice ruido?- La abuela desde que se volvió vieja en serio siempre hace esas preguntas. Como si quisiera censar lo que funciona y lo que no, lo que efectivamente la conecta con el mundo de los ágiles y dispuestos, los más jóvenes.
Casi siempre cuando pregunta, parece que su tono de voz implorara una respuesta tranquilizadora, como una niña increpando a sus padres del estilo "¿Verdad que tal cosa?".  Me acuerdo una mañana que tuvo un pequeñísimo ACV y pensamos que se moría ahí mismo frente a nuestros ojos. No sé por cuánto tiempo preguntó una y otra vez qué había hecho ella en el momento para que nosotros hubiésemos sabido que hacer. Solíamos describirle exactamente la situación y siempre miraba escéptica, como si no le estuviéramos dando los suficientes detalles que pudieran explicar semejante vejez. Semejante-vejez-que-la-agarró-un-día. Eso es lo que no se puede creer mientras su mirada vaga errante en el suelo. Pero de a poco se está convenciendo y lejos de aceptarlo, lo da por hecho.  A pesar de que atribuye su buena salud a su curiosa gran ingesta de ajo, aceite de oliva y buena onda, porque ah, dice que hay que recordar sólo lo bueno y ella sí que lo hace. Sin embargo, tiene 93 años y su autonomía, por primera vez, comienza a parecer un recuerdo. La abuela viajando en camello por Egipto, le tira un beso a la cámara analógica que la capta sobre un puente en Chicago, un poco antes o un poco después de que una cálida brisa andaluza la acariciara mientras se siente como en casa.
Y antes de dejar su cuarto, le doy un beso en la frente y desde la puerta la miro acostada, pequeña y temerosa. Me detengo un momento a contemplarla (aún con vergüenza de que le haya cambiado el pañal, aún reflexiva sobre sus ruidos nocturnos) y de pronto, aquella fotito gastada donde posa con el abuelo Manuel con un vestido blanco y la expresión de que allí y a su lado, se sentía la más linda de todo París.
Última sonrisa. Buenas noches.

(*1): Alerta portuñol.

11 de diciembre de 2014

Hace dos madrugadas escribí la historia de mi vida mentalmente. Me llevó algo así como una hora, entre las 5 y las 6 de la mañana. La dije para mi, con los ojos bien abiertos en la oscuridad del cuarto. La recité de un tirón, sin edición, hubo lágrimas y hubo paz. Dolores viejos y no tanto. Comencé a hacerlo porque no podía dormir y mi Cerebro preguntó tímidamente por qué era como era. Es como un niño que conoce una historia de memoria pero no deja de pedirle a sus padres que se la repitan una y otra vez. Generalmente me digo que no tengo tiempo para pensar en una respuesta larguísima y él se conforma, sabe que tenemos mucho por hacer y que en aquellas cosas ya hemos pensado bastante.
Pero esa noche fue distinto y le hablé de todo, de mi y de los otros personajes que tiene y ha tenido mi vida, de cómo nos condicionaron ciertas cosas y dónde buscar sus marcas.  Para terminar dije que lo sustancial ya estaba descrito, que en adelante sólo quedaba relatar opiniones e interacciones con otras personas. Concordamos que hablar de esas cosas era hacer menos inteligente la biografía y como estábamos impresionados el uno con el otro, nos fuimos a dar una ducha y fingir que nada había pasado. Pero esa mañana no sufrimos, sabemos que lo peor ya pasó. Y aunque no está todo resuelto, no vamos a caer en esa  de nuevo,  no vamos a dormir una-siestita-auto-contempla-tiva en el  cómodo sillón del pasado. Aunque cueste, aunque haya días grises, aunque no nos sea tan fácil, estamos de pie y mirando hacia adelante.

Sonreímos,
porque nadie nos lo contó, lo vivimos: sabemos que ese es el único camino.