Todos sufriendo por las mismas cosas por separado;
cada caracolito metiendo su gelatinoso cuerpo dentro del cascarón
viendo la pesada lluvia caerle encima.
Y a veces,
la piel se nos hace milagrosamente volátil,
y entonces la circunstancia y yo estamos desnudas mirándonos
y por fin nos reímos de lo absurda que es la vida.
Absurda y maravillosa.
Entonces,
pienso que no podría haber tenido mejores coordenadas cráneo - espacio,
y por fin también podemos reírnos de lo afortunada e imbécil que soy.
Y eso,
ya no nos duele,
ni a mi circunstancia ni a mi.
Y de todos los lugares del ancho mundo,
me tocó nacer en uno tan pero tan pequeño,
que hubo sitio para que la humanidad cabalgara sobre algo tanto más superior a ella
como lo es la probabilidad,
ofreciéndome a cambio del dolor que supone despertar,
la chance, cada tanto,
de despojarme de toda entrópica individualidad,
de toda egolatra ilusión de soledad
y fusionarme.
Potenciar mi sensibilidad en un único núcleo,
vivo y conciente,
la vorágine ardiente -lo único que aún me provoca dolor de panza-, de la comunión del encuentro:
dejar de ser uno sólo/solo para ser uno entero.
gracias Vida,
porque aunque me embola tener que revisar todos los bombones de la caja,
cuando encuentro que me guardaste uno con relleno blandito, ese, mi favorito,
valió infinitamente la pena todos los bombones de mierda que tuve que dejar a un lado, por la felicidad que me produce saber que (todavía) hay fabricantes que saben que esos son los mejores y los ponen poco, pero los ponen. No soy sólo yo.
No tengo que ser sólo yo todo el tiempo, acá adentro.




